#GrupoRíoBogotá
Pedro Palo, naturaleza y leyenda en el bosque de niebla de Tena

Pedro Palo, naturaleza y leyenda en el bosque de niebla de Tena

La laguna Pedro Palo, uno de los sitios de adoración de los muiscas, cuenta con más de 341 especies de aves sobrevuelan. Aunque es conocida como la joya de la corona de la cuenca baja del río Bogotá y hoy luce espléndida y silenciosa, muchos han querido adueñarse de sus tierras. Esta ha sido su lucha.

En la vereda Catalamonte de Tena, ubicada a 12 kilómetros del casco urbano, se impone con una fuerza una inmensa y embrujadora laguna de aguas verdosas, bañada por el rocío blancuzco de la niebla del bosque y donde solo se escucha el canto romántico de las aves. Está enclavada en una zona montañosa a 2.011 metros sobre el nivel del mar, por lo cual el frío la gobierna.

Se trata de Pedro Palo, un cuerpo lagunar con 21,5 hectáreas de espejo de agua que hace parte de las 125 hectáreas de la reserva forestal protectora-productora que lleva su mismo nombre. Los habitantes de la vereda la respetan por su belleza natural y le temen por las leyendas que datan desde la época de los muiscas, las cuales han sobrevivido al paso del tiempo.

Los muiscas le hacían pagamentos y ofrendas en oro a la laguna, como tunjos y figuras de animales acuáticos. Los tenenses más antiguos narran que durante la conquista española, un índigena al que los europeos apodaron Pablo, fue capturado y encerrado para que revelara en dónde estaba el oro. Un día, el muisca desapareció de la prisión, hasta que por los poderes de los dioses ancestrales fue hallado vivo sobre un inmenso palo en el espejo de agua.

Otros dicen que debe su nombre a una expedición de jesuitas en 1600, cuando Pedro, uno de los religiosos, se cayó en las aguas de la laguna mientras la recorría en una canoa. El cuerpo del sacerdote nunca fue encontrado, y lo único que sobrevivió fue su sotana enganchada en las ramas de un palo. 

El relato más reciente es el de un campesino también llamado Pedro que, luego de ingresar borracho a las perpetuas aguas de la laguna, murió ahogado. Su cuerpo apareció en una de las orillas blancas junto a un palo de gran tamaño.

Aunque estas tres leyendas abarcan lapsos de tiempo distintos, tienen varias cosas en común. Además de los nombres Pedro como protagonistas y los palos donde fueron encontrados sus cuerpos o ropas, estas narraciones revelan la bravura de la laguna. Al parecer, los muiscas depositaron sobre sus aguas un hechizo de protección inquebrantable para evitar que sea atacada o perturbada.

Los bosques aledaños a Pedro Palo también fueron transitados por las tropas de la campaña libertadora de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, y sirvieron como un laboratorio de estudio para la expedición Botánica de José Celestino Mutis, quien descubrió varias especies de quina en el territorio ancestral.

A la deriva

Además de ser un sitio de adoración para los muiscas, Pedro Palo es un epicentro de biodiversidad, tal vez el más importante de la cuenca baja del río Bogotá. En sus zonas boscosas han sido identificadas 341 especies de aves, 204 plantas, 35 mamíferos y 10 murciélagos. 

La zona está repleta de osos perezosos, ñeques, lapas, cusumbos, osos de anteojos, cuchas y tigrillos carmelitos, animales que se camuflan entre la densa vegetación conformada por cedros, amarillos, encenillos, cauchos, alisos, laureles, yarumos, cucharos y nogales.

Luego de la independencia de Colombia, a Pedro Palo llegaron visitantes no deseados. En la década de 1910, los predios aledaños al cuerpo lagunar fueron comprados por colonos, la mayoría con intenciones de meterle ganado y acabar con sus bosques.

Hacia 1970, la vegetación nativa empezó a sucumbir y las aguas verdosas recibieron químicos y contaminantes de las actividades agropecuarias. Los nuevos habitantes hicieron palidecer el verde por las vacas, todo con el fin de lograr la titulación de las tierras.

Varios científicos y académicos se percataron del potencial ambiental de la laguna en 1980, por lo cual empezaron a hacer investigaciones sin impactar los ecosistemas. En 1990, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) tomó la primera decisión para evitar futuros impactos, al declarar 125 hectáreas como reserva forestal protectora-productora.

Pero la medida no fue del todo efectiva. En la década de los 90, Pedro Palo fue impactada por los turistas, quienes llegaban a las montañas de niebla de Tena para acampar. Así aparecieron basuras, fogatas, paseos de olla y desorden. Pero la bravura de la laguna no dejaba que nadie ingresara a sus aguas: siete personas murieron ahogadas por atreverse a nadar, posiblemente por los efectos del alcohol o fuertes calambres.

En 1995, uno de los dueños de los predios de Pedro Palo quiso ampliar su dominio. Decidió apropiarse de un terreno de los curas jesuitas y construyó una cabaña cerca al espejo de agua. El personaje empezó a cobrar por el ingreso, lo que generó un caos mayor en la reserva.

La lucha de Pedro Palo

Los golpes contra la tranquilidad y biodiversidad de Pedro Pablo, llevaron a la CAR a cerrarla definitivamente en 1998, medida que también le ordenó a los habitantes de la zona a sembrar árboles nativos en los 50 metros que rodeaban el espejo de agua. 

La pesca y caza quedaron prohibidas, al igual que el turismo (menos el científico y de investigación). Un un guardabosque fue contratado para que velara por la naturaleza y la polémica cabaña fue demolida.

La decisión de la CAR le dio un nuevo respiro a la laguna, pero aún seguía vulnerable. En los inicios del 2000, algunas autoridades quisieron comprar los predios privados para tener un control total de la zona.

Roberto Sáenz, quien heredó uno de los predios comprados a comienzos del siglo XX, decidió meterle mano al asunto y dedicarse de lleno a evitar un mayor desangre. “Casi todos los dueños de las tierras son primos míos. Entonces decidí investigar a fondo la situación y en 2005, junto a mi hermano, concluímos que la mejor opción era consolidar reservas naturales de la sociedad civil alrededor de la laguna”.

Este ingeniero de sistemas y especialista en bioestadística de 56 años, logró convencer a sus familiares para conformar ocho reservas naturales: Poza Mansa, Tenasucá, La Cabaña, La Finca, Hostal, Kilimanjaro, La Granja y Altos de Pedro Palo.

Sáenz es dueño de Tenasucá, el verdadero nombre de Pedro Palo dado por los muiscas. Su reserva es una mancha popocha de verde con 42 hectáreas, un sitio privilegiado desde donde se aprecia la majestuosidad de la laguna. Allí construyó una casa de madera, donde está radicado desde hace más de tres años y la cual utiliza para hacer turismo natural e investigación.

El defensor de la laguna

Son pocos los que conocen la historia de Pedro Palo tanto como Roberto Sáenz. Desde que decidió tomar la batuta para liderar su lucha, se empapó de toda su historia, sus verdugos y sus potencialidades.

“En 1913, mi bisabuelo compró varios terrenos a su alrededor, por lo cual varios de mis primos son los actuales dueños. Cuando la CAR la cerró definitivamente, en 1998, decidí involucrarme en el proceso y apoyar la formulación del Plan de Manejo Ambiental. En esa época vivía en Bogotá, pero la verdad me la pasaba más en el predio familiar”, dice Roberto.

Una de los primeros proyectos de Sáenz fue la creación de varios corredores biológicos para conectar las zonas afectadas por el ganado, trabajo liderado por el Instituto Humboldt. Luego construyó un vivero de árboles nativos con el apoyo de la CAR, y siempre estuvo pendiente de la formulación del plan de manejo, proceso que se concretó en 2014.

“La CAR me propuso ser el guardabosque de Pedro Palo, pero no acepté. Ese cargo no me permitiría denunciar las cosas como son”, asegura este amante de la naturaleza.

Hace más de tres años, Roberto tomó la decisión de radicarse del todo en Pedro Palo. En Bogotá dejó a sus dos hijos ya grandes y abandonó sus trabajos de ingeniería. “Primero llegué a un acuerdo con mi esposa Vicky, que consistió en vernos los fines de semana ya fuera en Bogotá o en Tenasucá. Ese negocio nos ha funcionado bien”. 

Poco a poco, Sáenz fue transformando la casa elaborada con madera del eucalipto. Hizo cuatro habitaciones, tres para la gente que viene a hacer investigaciones y una para su nido familiar, un cuarto repleto de libros. No tiene televisor y el baño cuenta con dos cisternas que no utilizan agua: una para el líquido y otra para el sólido. Lo que sale del sanitario lo convierte en abono.

La sala y comedor están llenas de hamacas, artesanías, ollas de barro y muebles en madera. En la cocina abundan los frascos de vidrio con diversos productos, además de botellas desocupadas de cerveza que atraen a los insectos.

Desde hace cinco años empezó a trabajar en un proyecto de agroecología, que consiste en cultivar sosteniblemente en una huerta para consumir o vender los productos orgánicos libres de fertilizantes y pesticidas. 

“La huerta nació hace ocho años, pero ahora puedo asegurar que vivo de ella. Además de los recursos económicos que obtengo de los investigadores o turistas que visitan Tenasucá, los cuales tienen prohibido el ingreso a la laguna, desayuno, almuerzo y ceno con lo que me da la huerta”.

Cada 15 días viaja a Bogotá para vender productos que sacó de la huerta. “Debemos volver al campo y recuperar ese tejido social y sostenible. Hay que cambiar ese paradigma de la competitividad por el de la solidaridad. El propósito no es competir sino trabajar con respeto y confianza”.

La huerta de Roberto es un policultivo. Los cultivos de toronjil se mezclan con cebolla, guatilas con hinojos y cebollín con lechugas. “Mide 3.000 metros cuadrados y todo nace donde quiere. Hay repollos, ají, pepino, acelga roja y amarilla, perejil liso y crespo, hierbabuena, acelga, col rizada, fríjol, banano, repollo verde, granadilla, papa criolla, brócoli, coliflor, espinaca, mora y durazno”.

Kinua, Amaranto, Pepita y Balú, cuatro perros crillos, y Tijiquí, una gata, son los compañeros de Roberto de lunes a viernes. Con estos animales recorre las montañas y contempla la magia de la laguna de Pedro Palo.

6 Pedro Palo

Su casa está hecha con madera de eucalipto, una especie introducida que afecta a los árboles nativos. Foto: Jhon Barros.

7 Pedro Palo

Junto a su hermano, Roberto Sáenz fue el primero en hablar de la figura de reservas naturales de la sociedad civil para proteger a Pedro Palo. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

1 Pedro Palo

La laguna de Pedro Palo está ubicada a 12 kilómetros del casco urbano de Tena, en una zona montañosa bañada por la niebla y el silencio. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

3 Pedro Palo

Roberto Sáenz es uno de los dueños de las ocho reservas naturales de la sociedad civil que rodean a Pedro Palo. Este bogotano ha sido uno de los defensores más asiduos del ecosistema. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

10 Pedro Palo

El cuerpo lagunar de Pedro Palo es de 21,5 hectáreas. Sin embargo, hace parte de las 125 hectáreas de la reserva forestal protectora-productora que lleva su mismo nombre. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

9 Pedro Palo

Las hortalizas y plantas aromáticas de la huerta de Roberto también son vendidas en varias ferias orgánicas en Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

4 Pedro Palo

En Tenasucá, Roberto Sáenz construyó una pequeña casa desde donde se observa toda la belleza de Pedro Palo. Vive allí desde hace más de tres años. Foto: Jhon Barros.

8 Pedro Palo

En su reserva, Roberto construyó una huerta para cultivar orgánicamente todos los alimentos para el desayuno, almuerzo y comida. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

2 Pedro Palo

Este cuerpo lagunar fue otro de los sitios de pagamento de los muiscas, quienes depositaron tesoros dorados como símbolo de agradecimiento a sus dioses. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

5 Pedro Palo

Todas las mañanas, Roberto Sáenz contempla en bosque que ha logrado conservar por medio de una lucha de más de 10 años. Foto: Jhon Barros.

Laguna Pedro Palo, Tena

UNA INICIATIVA DE:

The Coca-Cola Foundation
Banco de Bogotá
PTAR Salitre
Fundación Semana