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Viejo hotel - Salto del Tequendama

El viejo hotel desde donde la aristocracia veía caer al río Bogotá con aguas cristalinas

Una imponente casona con arquitectura francesa lleva casi un siglo como testigo de la caída del río Bogotá por un cañón de 157 metros de altura: el Salto del Tequendama. La edificación, construida en 1923, pasó de hotel a restaurante y luego a un sitio abandonado por cuentos de espantos. Hoy, es un museo que revive las huellas del pasado.

Portada: Viejo hotel Salto del Tequendama. Foto: Javier Tobar

Cuenta la leyenda que el emblemático Salto del Tequendama fue creado por un tipo de mesías que salvó a los muiscas de un hechizo cósmico que desató la furia del cielo. Las torrenciales lluvias, provocadas por una mujer llamada Huitaca, tenían a toda la sabana bajo el agua. Los cultivos de maíz, principal producto los indígenas, fueron eliminados por el líquido preciado que cayó durante cuatro días.

El Zipa, líder del pueblo chibcha, no tuvo más remedio que acudir a un hombre viejo, alto y con larga barba plateada que vivía en una de las mesetas de la sabana. Su nombre era Bochica, un foráneo que conocía los secretos de la tierra. Lo más curioso de la historia, es que el sabio anciano era el esposo de Huitaca, una mujer joven que no soportaba a los indígenas.

Luego de recorrer varios sitios de la cuenca del entonces llamado río Funza, Bochica encontró que la inundación se debía a un gran montículo de piedras y árboles que no dejaba fluir el agua. El sabio, luego de orarle al cielo, puso su bastón dorado sobre las rocas, causando una explosión acuática que liberó a los muiscas de su agonía. Como castigo para la responsable de la tragedia, Bochica la convirtió en lechuza.

La ruptura de la inmensa mole de roca le dio vida al Salto del Tequendama, un imponente cañón bañado en los tonos verdosos característicos del bosque de niebla, por donde cae el río Bogotá desde una altura de 157 metros. El majestuoso sitio luego enamoró a académicos como Alexander von Humboldt, José Celestino Mutis y Agustín Codazzi, quienes en sus diarios de viaje no hicieron más que echarle piropos.

En 1923, al tradicional Salto del Tequendama le llegó un nuevo visitante. Una casona de cinco pisos con vistos de la arquitectura francesa, construida por órdenes del presidente Pedro Nel Ospina. La infraestructura de 1.470 metros cuadrados, inaugurada 1927 y que hacía parte de la estación del Ferrocarril del Sur, fue nombrada como El Refugio del Salto, un hotel que recibiría a las personas más adineradas de la alta sociedad colombiana.

Los miembros más pudientes de la aristocracia colombiana fueron los principales clientes del hotel. Los fines de semana llegaban encopetadas mujeres vestidas con abrigos de pieles y trajes tejidos a mano, acompañadas de sus esposos de traje y sombrero negro, para hospedarse en las nueve habitaciones y danzar en el salón del minué, un baile francés.

Desde los enormes ventanales blancos, los visitantes del hotel quedaban perdidos con la majestuosa caída del río Bogotá, en esa época libre de basuras, espumas, vertimientos y olores nauseabundos. Las fotografías de la época tenían como común denominador el robusto hilo de aguas perpetuas decorado por la vegetación nativa y la niebla.

1 Salto Del Tequendama

El Salto del Tequendama, ubicado entre los municipios de Soacha y San Antonio del Tequendama, es el único sitio turístico que involucra directamente al río Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

6 Casa Museo Salto Del Tequendama

Cada fin de semana, cerca de 400 turistas visitan la Casa Museo. Además de ver la cascada imponente del río Bogotá, aprenden sobre la historia de este lugar, que en una época fue epicentro de suicidios amorosos. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

5 Casa Museo Salto Del Tequendama

En los años 80, el restaurante fue clausurado. La casona colonial quedó gobernada por el olvido hasta 2011, cuando fue restaurado y se convirtió en la Casa Museo Salto del Tequendama. Foto: Javier Tobar.

7 Salto Del Tequendama

La caída del río Bogotá por el Salto del Tequendama le inyecta algo de vida. Sin embargo, sigue por la cuenca baja en un estado crítico por la falta de conciencia de los habitantes. Foto: Javier Tobar.

2 Salto Del Tequendama

Aunque sus aguas caen por una cascada de más de 150 metros de altura en un estado de contaminación alarmante, el panorama enamora a los turistas que visitan el Salto del Tequendama. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

4 Salto Del Tequendama

Desde el hotel, las personas más acaudaladas de la sociedad colombiana veían caer al río Bogotá aún con aguas limpias. En 1950 cerró sus puertas para convertirse en un restaurante. Foto: Javier Tobar.

3 Refugio Del Salto

En 1923, por órdenes del presidente Pedro Nel Ospina, fue construido el Refugio del Salto, una casona de cinco pisos que serviría como hotel para los representantes de la aristocracia colombiana. Foto: Javier Tobar.

Llegó la decadencia

A mediados de siglo XX, en el año 1950, el hotel llegó a su fin. En lugar de hospedar a las personas más acaudaladas, ahora solo se encargaría de ofrecer platos de comida tradicionales. Pero el incremento de la contaminación en Bogotá y Soacha, detonado por el desbordado crecimiento poblacional, ya empezaba a agonizar la vida del río sagrado de los muiscas, por lo cual sus visitantes fueron mermando.

Cada vez eran menos los aristócratas que iban al restaurante a desayunar, almorzar o comer, ya que por sus fosas nasales ingresaban olores fétidos que evitaban probar bocado. Sumando a esto, el Salto del Tequendama se convirtió en un escenario para ahogar las penas de amor. Por la zona se corrió el rumor de que las almas de los suicidas corrían libres por el viento de San Antonio de Tequendama y Soacha.

En los años 80, el restaurante fue clausurado. Muchos creían que la casona era el hogar de espantos y demonios, un mito falso que llevó a una muchedumbre iracunda a tratar de quemarla en 1986. Lo que fue un emporio de fiestas, bailes y brindis, quedó a la deriva del tiempo. La vegetación empezó a cubrir la fachada rocosa y blanca, los pisos de ajedrez fueron perdiendo su brillo y los techos se cayeron a pedazos. 

La salvadora

En 1994, María Victoria Blanco, una bogotana recién graduada de veterinaria en la Universidad Nacional, decidió radicarse del todo en la vereda San Francisco, en Soacha, uno de los sectores que hacen parte del Salto del Tequendama.

Llegó con su esposo y sus dos hijos. Compraron una casa rural en la vereda e iniciaron un proyecto de ganadería sostenible, un tema que a María Victoria le apasionó desde sus años como universitaria. Pero algo la distraía: el imponente castillo en ruinas.

Luego de investigar sobre la historia del emblemático lugar, la decidida mujer tomó cartas en el asunto. Con el fin de empezar a tocar puertas para restaurar el antiguo hotel, primero creó la Fundación Granja Ecológica El Porvenir.

En 2011 compró el predio, y dos años después, con una inversión de 300.000 euros por parte de la Unión Europea, inició su reconstrucción. Pero no quería poner un restaurante o un hotel, sino concretar un sitio en donde los colombianos pudieran conocer la historia del lugar mientras aprecian la caída del río por el cañón. Entonces decidió que su proyecto sería conformar la Casa Museo Salto del Tequendama.

“Se reconstruyeron el antiguo lobby del hotel, la sala de música, la de banquetes, los balcones, la suite presidencial y las demás habitaciones. Se restauró el piso de ajedrez, su fachada blanca y todo el tejado. Cuando empezaron las obras solo había 3.000 de las 14.000 tejas”, recuerda María Victoria, el ángel de la guarda del Salto del Tequendama.

Hoy en día, cerca de 400 turistas visitan la Casa Museo todos los fines de semana. En su interior hay fotografías de 1940 con los cachacos de camisa, chaleco y corbata posando de espaldas al río. La exhibición también cuenta con cajas fuertes de la época, una réplica de la Virgen Negra del Tuso y figuras con los rostros de muiscas y faunos.

Cuando contempla la caída de las aguas contaminadas del Bogotá, a María Victoria la agobia la nostalgia. “Duele que el Salto del Tequendama solo sea recordado como un lugar de suicidios. Desde que lo conocí me enamoré de él, por eso me da rabia que hoy solo hablen de los olores y los mitos de espantos. En el pasado fue el principal centro cultural y turístico del país”.

Esta veterinaria destaca que el Salto del Tequendama es el único sitio de la cuenca del río Bogotá que le inyecta algo de vida al cuerpo de agua, razón por la cual se molesta cuando cierran el caudal. “Esa caída lo revive. Pero cuando en el embalse del Muña cierran compuertas, no cae nada de agua. Menos mal la sentencia para descontaminar el río Bogotá ordenó que siempre debe haber caudal”.

El Salto antes del hotel

En el siglo XIX, antes de la construcción del hotel, el Salto fue uno de los mayores atractivos turísticos de los habitantes de Bogotá. En “Biografía del Salto del Tequendama”, publicación de 2010 escrita por María Victoria, cuenta que en la vieja Santafé y la Bogotá de antaño, las clases más populares hacían paseos previos a diciembre por la zona para recoger lama, musgos o quiches y así vestir sus pesebres.

Pero los paseos más importantes eran los de la gente de las esferas sociales más altas, que al contar con dinero y buenas cabalgaduras iban al Salto a tomar meriendas campestres. La imponente catarata era el mayor atractivo de los visitantes. 

“José Celestino Mutis realizó la primera medida de la altura de la catarata y visitó los bosques aledaños para recolectar plantas: una de ellas la denominó espino del Tequendama. También estuvieron en la zona Francisco José de Caldas, Agustín Codazzi y Alejandro Humboldt. En 1827 fue visitado por el Duque de Montebello y en 1982 por Pedro Bonaparte, primo de Napoléon III”, cita la publicación.

Respecto a la época muisca, la obra hace referencia a sus leyendas. “El mito de Bachué, madre de los hombres, el de Bochica, proyector y organizador, el de Cuchaviva, quien con el arcoiris les recordaba la promesa del perdón del diluvio, constituyen conceptos que recuerdan un diluvio universal que anegó a toda la sabana. El Salto no solo fue la salvación del pueblo muisca al permitir recuperar la sabana para cultivos y habitación, sino que se convirtió en un lugar de adoración fundamental”.

Biodiversidad extrema

Los alrededores del Salto del Tequendama están gobernados por bosques de selva andina, dispersos entre los 2.400 y 3.500 metros sobre el nivel del mar. Son zonas con nubosidades y nieblas frecuentes, donde abundan las plantas que acumulan agua, como los quiches y orquídeas. 

Hay registros de 120 especies de animales y 81 especies de árboles, plantas y flores, pertenecientes a 52 familias. Los árboles predominantes son los encenillos de hojas pequeñas y brillantes, cedrillos, gaques, yarumos, nogales, robles, quinas, manos de oso, sagregados, canelos, cucharos y siete cueros. 

En cuanto a la fauna, el Salto alberga faras o cuchas, oso perezoso, armadillo, murciélago frutero, zorro, ardilla, ratón silvestre, borugo, conejo de monte y soches. Las aves también hacen presencia. Cotinga, tucán, azulejo, soledad, garcita, gavilán, colibrí, tingua, lechuza, búho, golondrina, monjita, mirla, pava de monte y perdiz, aletean por el sector.

Al ser considerado por expertos y ciudadanos como uno de los escenarios ambientales y paisajísticos más importantes del país, el Ministerio de Ambiente designó a la cascada del Salto del Tequendama como patrimonio natural de Colombia, medida que tiene como fin aportar a la conservación de la diversidad biológica, recreación, educación, mejoramiento de la calidad ambiental y la valoración social de la naturaleza.

El área declarada está ubicada al interior del Distrito Regional de Manejo Integrado del Sector Salto de Tequendama – Cerro Manjui, 10.422 hectáreas que le aportan agua a 340.000 personas de San Antonio del Tequendama, Tena, La Mesa, El Colegio, Anapoima, Apulo, Tocaima, Agua de Dios, Ricaurte, Girardot, Zipacón, Anolaima, Cachipay y Viotá.

Agua de Dios, Anapoima, Anolaima, Apulo, Cachipay, El Colegio, Girardot, La Mesa, Ricaurte, Salto del Tequendama, San Antonio del Tequendama, Tena, Tocaima, Viotá, Zipacón

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